* Diario La Reforma, el diario de la pampa | Editorial
| 5 julio, 2018

Editorial

El número frío dice que la pobreza alcanza al 48,1% de los chicos de Argentina, una cifra en un papel, un símbolo que compendia una realidad que debería indignarnos. No hay matemática ni aritmética que pueda reflejar el drama social que encierra ese guarismo, simplemente porque no hay número capaz de contener tanto sufrimiento.

Lo sabíamos porque no somos ciegos ni indolentes, el informe de los últimos días del Barómetro de Deuda Social de la Infancia de la UCA sólo confirmó lo que ya nos duele desde hace tiempo: que el 17,6% de todos los chicos de este país tienen déficit en sus comidas, que un 8,5% pasó hambre durante el 2017 y que el 33,8% se alimenta en comedores.

Las cifras son graves, porque ser pobre es grave, pero hay algo más nocivo aún si consideramos que muchos de nuestros pobres son excluidos, expulsados del sistema. Son pobres porque no tienen un empleo productivo, pero si hubiera trabajo, si la demanda laboral creciera, tampoco podrían acceder a ellos porque no están capacitados. Cada vez son más los que han dejado de sufrir pobreza transitoria, cada vez son más las familias que por generaciones han sido excluidas del mundo laboral, sufrimos de pobreza estructural y este flagelo no se revierte con promesas.

La contracara es que hemos rodado por décadas de palabras en palabras, de compromisos en compromisos, de mentira en mentira, las promesas han atravesado todos los gobiernos de todos los signos políticos y las soluciones nunca han llegado, ni siquiera una mejoría alentadora como para abrigar alguna esperanza. Muchas veces incluso con la implementación de políticas sociales que han utilizado indistintamente conceptos que son bien diferentes, porque claramente no es lo mismo implementar políticas en términos de pobreza que hacerlo en términos de exclusión social.

La pobreza implica vivir en condiciones intolerables, significa hambre, enfermedad, indica que la opresión es parte de la vida cotidiana, habla de mucha gente que tiene una calidad de vida pésima. La pobreza, según Unicef, involucra la falta de acceso a la salud, a la nutrición, al agua potable y a los servicios sanitarios.

De ese grupo, los excluidos son los que ya no participan de la sociedad en la que viven, sus lazos sociales están rotos, son aún más vulnerables, están en riesgo y se sienten indefensos porque no tienen medios ni manera para resolver sus problemas, no pueden. La exclusión social tiene un impacto psicológico, por eso va más allá de la pobreza, se refiere a un sentimiento de marginación.

Todos somos testigos de este flagelo, todos hemos visto y escuchado por décadas cómo los nombran, cómo los ponen al frente de muchos discursos. Todos sabemos sobradamente que no hay campaña sin promesas sobre su situación, todos hemos asistido una y otra vez a la mentira endémica.

Cuántos discursos han oído sobre justicia social, cuántos sobre la igualdad de oportunidades para todos, cuántos sobre nivelar hacia arriba, cuántos. La pregunta del millón es cuánto tiempo más vamos a seguir escuchando y esperando. Porque a ellos se les agota el tiempo, las necesidades son hoy, aquí y ahora.

No sabemos las soluciones, sinceramente no sabría ni por dónde comenzar, pero sí sé que no quiero vivir más en un país en el que las desigualdades sociales sean la norma, no quiero ver más chiquitos con hambre, enfermos, sumidos en la extrema pobreza, muertos de muertes evitables, muertos de desidia, muertos de abandono y de negligencia.

No sé si hay que empezar por la educación, por la salud, por la comida, si el principio para solucionar esto es más trabajo, no lo sé, no tengo la menor idea, no sabría por dónde arrancar. Sé que no quiero más, que ninguno de nosotros debería querer más, que este tema tendría que quitarnos el sueño, indignarnos, revelarnos, que está bien que llenemos horas y horas y más horas de televisión, de radio y páginas y páginas hablando de temas como el fútbol y más en el contexto de un mundial, pero mucho mejor sería que dupliquemos todo eso hablando de estos niños, de casi la mitad de los chicos de nuestro país que son pobres. Si por una camiseta nos apasionamos, por nuestros pibes nos tendría que hervir la sangre.

No sé por dónde empezar, pero sé que esto es intolerable y que, no sé usted, pero yo no quiero más.

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