* Diario La Reforma, el diario de la pampa | Editorial
| 9 julio, 2019

Editorial

Cinco personas murieron en los últimos días por hipotermia en Argentina, murieron de frío, murieron por no tener un techo, por carecer de un lugar donde guarecerse, murieron por pobreza. El primero fue un hombre en la entrada de un hospital en San Nicolás, provincia de Buenos Aires. La segunda víctima fue un chico en Jujuy, dormía en la calle e intentó cobijarse en una camioneta vieja. El tercero fue un señor en Venado Tuerto, se metió en un baño en reparación de una estación de servicio. La cuarta víctima fue en Mar del Plata y el último en Capital Federal. “Una sola muerte ya es una catástrofe” dijo Juan Carr, titular de Red Solidaria y tiene razón.

El denominador común es que murieron de pobreza, de pobreza real y concreta, de pobreza extrema, de la pobreza que deja de ser un número, de la pobreza que deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una realidad que daña y duele, de esa pobreza que se ve y se toca.

La pobreza es una situación injusta y lo es sin grados intermedios, es inmerecida e inaceptable, punto, sin ningún tipo de apelativos. No hay argumentos de ninguna índole, ni económicos, ni políticos, ni sociales, ni religiosos, ni jurídicos que justifiquen que una persona carezca de los bienes esenciales para el desarrollo de su existencia. Nadie que padezca pobreza desea esa situación, ningún pobre desea serlo, por el contrario, anhelan salir de esa situación en la que la falta de alimentos, las enfermedades y la precariedad son la constante de cada día de sus vidas.

Los pobres son nuestra deuda social no resuelta y nuestro compromiso más urgente. Todos los políticos hablan de los pobres y se comprometen a trabajar para sacarlos de esta situación injusta, todos se compadecen del sufrimiento ajeno y se muestran muy angustiados, pero los pobres no necesitan compasiones, necesitan decisiones políticas y las decisiones políticas hasta acá, han brillado por su ausencia.

Pongámonos de acuerdo en dos cuestiones fundamentales: la pobreza no se origina por causas naturales ni es una elección de vida de los que la padecen. Dicho esto, por si hubiera que aclarar algo más, vale decir que habitar entre paredes de cartones, chapas y puertas de cortinas no es vivir bajo techo, es sobrevivir precariamente y es sinónimo de sufrimiento. Tener que mandar los chicos a un comedor para que puedan ingerir algo, ir a buscar la vianda para los adultos o los abuelos de la familia, mandar a los chicos a la escuela para que puedan desayunar o ir a buscar algún bolsón proveniente de la ayuda social para tener algo para poner en la olla no es alimentarse bien, es subsistir y es sinónimo de sufrimiento.

Esa pobreza es la pobreza cotidiana que sufren miles y miles de argentinos, esa pobreza no es un concepto abstracto, es una situación concreta, que se ve y se toca, que duele. Que le duele a los que la padecen y que debería dolernos a los que no la padecemos y que debería dolerles y desvelar a los que tienen la responsabilidad política de revertir la situación dramática que padecen.

Que pasen los años, pasen los gobiernos y las cifras de pobreza e indigencia sigan inamovibles implica que vivimos en un país con el orden social trastocado, que el orden de nuestras prioridades es anómalo porque no visibiliza las desigualdades inadmisibles que hacen inviable la vida de muchos de nuestros ciudadanos. Los pobres no viven dignamente, eso es tan irrefutable e incontrastable como inaceptable.

Nuestro problema es que estamos tan habituados a convivir con la pobreza, a que las postales de las casas precarias, los chicos en los comedores, las familias en situación de calle, sean parte de nuestro paisaje, que hemos dejado que semejante injusticia se mimetice en una cifra, en una estadística que simplemente escuchamos mes a mes.y sólo nos conmovemos cuando pasan estas situaciones extremas, como que en horas mueran cinco personas por frío.
Somos adultos, podemos discernir claramente lo justo de lo injusto, sabemos diferenciar entre el decir y el hacer y entre la compasión y el acto. Somos adultos y sabemos claramente que la pobreza es injusta, que dicen pero no hacen y que se compadecen pero no planifican. Los pobres no necesitan caridad, ni solidaridad, ni compasión, necesitan decisiones políticas, igualdad de oportunidades y derechos. Los pobres no necesitan más discursos, necesitan hechos.

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