* Diario La Reforma, el diario de la pampa | Editorial
| 27 julio, 2018

Editorial

Las palabras no son inocentes ni impunes, dijo José Saramago con total razón. Y lo dijo no en alusión a la gramática, la ortografía o la sintaxis, sino en obvia referencia a la intencionalidad del lenguaje. Hoy sus palabras encajan a la perfección con nuestra obra teatral nacional, porque nadie negará que asistimos a un escenario en el que el escritor portugués se hubiese hecho un festín.

No he podido dilucidar quién asesora el Presidente en estas cuestiones, pero algo es seguro, quien quiera que sea, le ha dicho que bajo ningún concepto debe ser mencionada la palabra crisis para describir el momento que atraviesa nuestro país, y él ha cumplido y hecho cumplir a pie juntillas a todos sus funcionarios la consigna. Prohibido decir crisis, corrida, reacomodamiento de los mercados. Es por eso que hemos escuchado todo tipo de eufemismos para explicar lo que estamos viviendo, las palabras que valen son: “tormenta”, “tempestad”, “parate”, “freno”, “turbulencia”, “temporal”.

Como verán, todas las analogías refieren a algo que sucede, que irrumpe, que de manera incontrolable e inesperada sorprende, a fenómenos ajenos a la voluntad, son eventos que nadie provoca, solo suceden, no hay culpables. Nadie puede provocar una tormenta, nadie provocó esta tormenta, algún maleficio ha caído sobre nuestras vidas y todos somos víctimas.

Si no fuera un artificio tan simplón, hasta podríamos caer en la trampa, pero es demasiada realidad para taparla con climatología. Además, todos sabemos que siempre que llovió, paró, y por lo que estamos viendo, esta “tormenta” promete aguacero para unos cuántos meses, por lo que hasta en ese sentido el fenómeno celeste les quedó estrecho.

Les recomendaría que relean a Saramago, puede resultar una gran contribución. El escritor aseguraba que “las palabras no son una cosa inerte, de la que se pueda disponer como a uno le venga en gana. Hay que decirlas y pensarlas de forma consciente. No hay que dejar que salgan de la boca sin que antes suban a la mente y se reconozcan como algo que no sólo sirve para comunicar”.

“Si de las 84.000 palabras que tiene el castellano se usan nada más que mil es evidente que no sólo faltan las palabras, sino también la capacidad para expresar sentimientos, ideas, opiniones. Vivimos rodeados de mentiras. La mentira se ha convertido en un arma política de alta precisión”. Lo dijo en Rosario, en el año 2004, cuando presidió la entrega que premió a los chicos ganadores del Certamen Nacional de Escritura que organizó el Ministerio de Educación en todo el país. Por lo que queda claro que nuestro uso incorrecto del lenguaje es de vieja data.

Los eufemismos señores, aunque muy empleados en el lenguaje políticamente correcto para camuflar y maquillar, para hacer que suenen más suaves y naturales las medidas y momentos impopulares, o para reducir el impacto al comunicar como en este caso una crisis económica, tienen una efectividad muy limitada, simplemente porque somos los mismos a los que quieren amortiguar el impacto verbal los que sufrimos el impacto real, por ende aunque sustituyan todas las palabras políticamente incorrectas, sabemos siempre de qué nos están hablando.

No entiendo para qué usar términos más suaves, elegantes o ligeros, no entiendo por qué alguien puede imaginar que por decir que los próximos meses serán “un poco más fríos, un poco más tormentosos en términos de variables económicas” y “van a ser un poco más recesivos”, puede imaginar que las secuelas van a resultarnos menos dañinas, que vamos a sufrir menos, que van a sugestionar el imaginario colectivo, que van a amortiguar la malaria en la que nos han metido.

El o los que asesoran la comunicación están equivocados, a las cosas hay que llamarlas por su nombre, el verdadero mal gusto no es tratar de reducir el impacto con palabras, lo realmente desagradable es tratar de evadir la responsabilidad con una catarata de palabras engañosas.

Así que por favor, empiecen a ser directos y frontales, empiecen a decir crisis, con no usar la palabra no morigeran el impacto que está provocando en nuestras vidas. Nómbrenla, díganla mucho, hasta que se les haga carne, y sobre todo, trabajen para no tener que volver a nombrarla.

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