* Diario La Reforma, el diario de la pampa | ‘Tótem’, el último documental de la realizadora piquense Franca González Serra
| 9 diciembre, 2013

‘Tótem’, el último documental de la realizadora piquense Franca González Serra

“Es una inmersión en el impulso creativo de la cultura kwakiutl”

Entrevista: Raúl Bertone (alientano6270@hotmail.com)

Desde una altura superior a los veinte metros, el viejo tótem vio transcurrir el tiempo en la plaza Canadá, en Retiro. Como una secuencia de imágenes postales documentando la resistencia al paso de los años. Cierto día, la desidia lo tiró abajo. El gigante de madera fue cortado en rebanadas por una motosierra con etiqueta municipal. Los tótems son representaciones, efigies que simbolizan la memoria ancestral. La imponencia de esa obra de arte erigida en un espacio público porteño se mantuvo en pie durante más de cuatro décadas. Después de la tala y el abandono, surgió la promesa de restaurarlo. Pero como siempre sucede con autoridades que adoptan decisiones arbitrarias y son parte de gobiernos que generalmente muestran un enorme desapego por todo patrimonio cultural, esa idea quedó en la nada.

Fue entonces como se decidió encargarle a Stan Hunt, hijo del tallador original, un segundo tótem que reemplazaría al original. Stant aprendió el arte del tallado de cedro rojo gracias a su padre y a su abuelo (Henry Hunt y Mungo Martin), maestros escultores del pueblo kwakiutl, un conjunto de aldeas olvidadas en el norte de la isla de Vancouver, sobre el Pacífico canadiense. Así, Stan trabajó en la pieza más trascendental de su vida. Un tótem de catorce metros. Su obra, cargada de representaciones milenarias, recorrió quince mil kilómetros en barco para llegar al Río de la Plata.

La realizadora piquense Franca González Serra viajó con su equipo a la pequeña aldea de Fort Rupert, y allí registró todo el proceso creativo. Buscó desentrañar el significado detrás de estas excepcionales obras de arte, improvisando el contenido en plena filmación cuando por cuestiones burocráticas el encargo fue cancelado en su momento. El resultado fue ‘Tótem’, un largometraje documental que fue presentado semanas atrás. Con su mirada personal, contando historias de vida esculpidas con sensibilidad y poesía, González Serra sumó otro registro a su sendero creativo, ese que se inició con la serie ‘Nosotros mismos’, su primer trabajo profesional en 1998, y continuó con ‘Rituales sonoros Candombe’, ‘Japón a través de los mares’, ‘Tierra sin mal’, ‘1420, la aventura de educar’, ‘Atrás de la vía’ o ‘Liniers, el trazo simple de las cosas’, forjados con la mayor libertad que otorga el lenguaje documental.

 - ¿Cómo surgió la idea de encarar este film documental?

- Yo había estado investigando la historia del viejo tótem de la Plaza Canadá y me había parecido maravillosa, aunque con un final tristísimo. Creo que vale la pena que la cuente. Entre marzo de 1964 y mayo del 2008, la mayoría de las personas que transitaron la zona de Retiro en Buenos Aires, seguramente se sorprendieron al descubrir la presencia de un inmenso poste tallado, enclavado en una plaza llamada Canadá. Pocos llegaron a saber que lo que había allí era un tótem kwakiutl, tallado por Henry y Tony Hunt, indígenas del norte de la isla de Vancouver. El tótem fue un regalo de Canadá a Buenos Aires. El trabajo de labrado y pintura demandó seis meses. Se utilizó un rollizo de cedro rojo de cuatro toneladas y veintiún metros de altura, de aproximadamente dos mil años de edad. Contrariamente a la creencia de muchas personas, los palos totémicos no son símbolos religiosos, sino representaciones plásticas de su mitología tribal o de sus leyendas familiares. Cada tótem contiene un número de figuras independientes, unas animales, otras del mundo sobrenatural, ubicadas una arriba de otra. Cada una de ellas representa algún hecho relacionado con el pasado del jefe para quien fue erigido. Si son tótems heráldicos, esas figuras representan a los integrantes de la familia y funcionan como una forma de árbol genealógico. El que llegó a Buenos Aires, era un poste de tipo conmemorativo y heráldico, perteneciente al clan Geeksem de la tribu Kwakiutl. Allí, entre otras figuras, aparecían el águila, la ballena asesina, el lobo marino, el castor y el ave caníbal (hok hok). Recién en 2008, y al no haber recibido tareas de mantenimiento, el tótem mostró una leve inclinación. Los funcionarios determinaron que la base estaba en mal estado y consideraron riesgoso que el poste permaneciera en el espacio público.

 - ¿Y qué sucedió en ese momento, qué actitud tomaron las autoridades?

- A mediados de aquel año, el tótem fue desenterrado y colocado en forma horizontal, junto a su antiguo emplazamiento. A los pocos días, llegó la orden de cortarlo en cinco partes con sierra mecánica. De ese modo, el Gobierno porteño se ahorraba tener que pagar una grúa para su traslado. El más triste final que se le puede dar a un tótem es cortarlo en pedazos. Un tótem es una única pieza, sin cortes internos, ni uniones ni agregados. Se lo eligió entre los árboles del bosque, por ser alto, esbelto, tener pocas ramas y un diámetro ganado a fuerza de miles de inviernos. Si el tallador comete un error, no hay marcha atrás. Hay que empezar de cero, con un nuevo árbol.

Según los relatos de los uniformados que custodiaban los restos del viejo tótem, descendientes de pueblos originarios se acercaron a llorar cuando vieron la figura caída a todo lo largo de sus más de veintiún metros. Es que éste fue, durante muchos años, el único monumento realizado por indígenas emplazado en un espacio público de toda América Latina. Pero no todo está perdido cuando el deseo es muy fuerte y la gente lucha por detrás de las decisiones políticas mal tomadas. En este caso, y no debería decirlo por que sigo contando parte de la película, ésta es una historia con final feliz. Aún así, yo soy de la idea de que mientras se pueda, es preferible preservar y restaurar, en lugar de tirar abajo y hacer algo nuevo. En 2011, tras algunas idas y vueltas diplomáticas, el Gobierno de Buenos Aires decide solicitar el tallado de un nuevo tótem. Luego de varios meses de búsqueda, los canadienses logran localizar al hijo de Henry Hunt, el autor del viejo poste. Así llegan a Stan Hunt, un hombre de 54 años que vive en Fort Rupert, un pueblito indígena al norte de la isla de Vancouver, sobre el Océano Pacífico. Stan aprendió a tallar el cedro rojo, viendo trabajar a su padre y a su abuelo Mungo Martin, reconocido escultor y jefe kwakiutl.

- ¿Fue allí cuando decidiste involucrarte con la historia?

- En esa aldea pobre, de apenas trescientos habitantes, todos se revolucionaron ante el pedido que le llegó a Stan desde el otro borde del mapa. Hacer un tótem implica la colaboración de una quincena de personas. Para Stan, reemplazar la obra de su padre, sería el trabajo más trascendental de su vida. Es en este momento de la historia en que yo comienzo a involucrarme. En febrero de 2011, me llaman de la Embajada de Canadá con una propuesta bastante disparatada: Ir a filmar el proceso de tallado del nuevo totem. Registrarlo todo, desde el momento mismo del corte del árbol. Participar de los rituales de la comunidad kwakiutl frente a este nuevo tronco que a través de sus sismologías talladas se transformaría en un obra de arte y que los representaría ante el mundo. Digo “propuesta disparatada”, por que implicaba viajar sola al otro extremo del continente americano, al norte de una isla perdida en el pacífico cerca del Golfo de Alaska, y hacer las valijas en menos de quince días. Vale aclarar que yo casi no hablo inglés y que tenía que partir desde aquí con mis propios equipos de rodaje.

 - ¿Qué pasó cuando te anotician de que el gobierno había decidido la suspensión del proyecto?

- Cuando llega la noticia de la suspensión del pedido del tótem, yo hacía tres o cuatro días que había llegado a Fort Rupert. Todos: el protagonista, sus colaboradores, su familia, la empresa que debía hacerse cargo de localizar el árbol y cortarlo en medio del bosque milenario, todo el pueblo y el equipo de rodaje estábamos a la espera de la orden de Buenos Aires para poner manos a la obra. La noticia le llegó a Stan Hunt a través de un mail de dos líneas y era terminante. Stan casi se larga a llorar delante nuestro. No podía entenderlo. Y para mí, única representante argentina en varios miles de kilómetros a la redonda, explicar las imprevisibles e injustificadas decisiones políticas criollas era en vano. Lavina, su mujer, le pidió que saliera de la melancolía y que rápidamente se pusiera a trabajar en otra cosa, ya que llevaba varios meses retrasando trabajos en función de este proyecto. Y yo quedé ahí medio descolocada, por que en el fondo, era la expresión más cercana a la argentinidad que él tenía a su alcance. Tras una primera resistencia, logré convencer a Stan para que me permitiera filmarlo, más allá de que no fuera a hacer ningún tótem para la Argentina. Más allá de que no concretaría su sueño, ni su obra maestra. Con mucha generosidad, y a pesar de la rabia, nos abrió las puertas de su casa, de su taller, de su cultura. Y gracias a esos días de desasosiego, surge Tótem, la película documental. A partir de entonces, pudimos adentrarnos un poco más en la cultura kwakiutl, en el trabajo cotidiano de Stan, en sus creencias e impulsos creativos. Y sobre todo, en la densidad de sus silencios.

 - Hablame de las sensaciones ganadas en esa convivencia con la cultura kwakiutl, tan creativa y perseguida a la vez..

- Como realizadora me cuesta hablar de sensaciones, por que eso es justamente lo que transmite la película. Preferiría que la vieran. No es un documental de investigación formal. Es una inmersión en esa cultura, en la madera, en el mar y en el bosque, en los olores y los ruidos, en la convivencia con la naturaleza, los pájaros, los osos, los salmones. Todo eso es, a su vez, la cultura kwakiutl. O al menos, una pequeñísima parte de toda una cosmogonía donde se mezclan los mundos naturales y sobrenaturales.

 - ¿Qué repercusión logró Tótem en el estreno en el Festival Doc BsAs y durante la presentación en Vancouver?

- La película quedó seleccionada para competir en el Festival de Cine de Vancouver (VLAFF) y eso representó su estreno mundial dado que era su primera presentación al público. Yo no pude ir a Vancouver, pero Stan Hunt, el protagonista, sí. Y por lo que me dijo, fue uno de los momentos más intensos de su vida. Nunca se imaginó que con todos esos fragmentos hubiéramos podido crear este film. Y ver su obra, finalmente emplazada en la otra punta del continente en medio de una ciudad superpoblada, tan alejada de la naturaleza y tan cerca del caos, del stress y el bullicio constante fue todo un shock para él y los suyos. Recibí muy buenos comentarios de la gente que la vio por allá y eso es muy reconfortante. El pre-estreno en Buenos Aires, en el marco del Festival Internacional Doc BsAs, representó también muchas cosas buenas: volver a estrenar en el mismo cine y festival con el que me presenté por primera vez allá por el 2006 con Atrás de la Vía (película filmada íntegramente en General Pico) y que muchísimas personas pudieran verla y acercarse a esta historia. Tantear sus reacciones, prever el impacto que tendría tras su estreno comercial en salas. A su vez, en los pre-estrenos, uno muestra lo que desde hace mucho viene gestando, por lo que siempre son un pequeño nacimiento y un festejo. La gente que te ve renegar y ponerte al hombro un proyecto durante tantos años, finalmente ve que los sueños se concretan. Y eso es siempre maravilloso y sorprendente.

 - Después de Totem ¿qué se viene?

- En abril de 2014 estreno Al fin del mundo, la película que filmé durante varios inviernos australes en el corazón de Tierra del Fuego. El largometraje quedó seleccionado para competir en el BAFICI 2014, así que va a ser un gran orgullo poder presentarla allí. En cuanto a nuevos proyectos, estoy post-produciendo una película de la cuál hice la dirección de fotografía y cámara, dirigida por la canadiense Carole Laganière, en Québec. El documental se llama los Adioses y esperamos concluirla para mediados del 2014. A su vez, estoy investigando para poder volver a filmar a La Pampa. Pero de eso prefiero no hablar por ahora, para que se concrete. Creo que es uno de los momentos de mayor efervescencia y producción del cine documental en la Argentina. A tal punto, que no hay salas de cine ni espacios alternativos para mostrar todo lo que se crea. Una verdadera pena.

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